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Terra
La Coctelera

Chino chilindrina

A los doce años me soltaron a la calle porque mi viejo pasó a mejor vida y porque mi madre necesitaba plata para darnos de comer. Hay chibolos que tienen suerte. En su barrio hay comedor popular que les regala la comida; entonces ellos tiene tiempo para ir al colegio.

Nosotros somos ocho hermanos. Yo, el tercero de todos, nací, según me han dicho, en la casa de la abuela Soledad. Acá nomás, en “Los Algarrobos”. Mi viejo estaba en la cana cuando mi mamá me tuvo. Lo culparon de “pasar merca” y lo guardaron cinco años. Ahora salen al toque; y si te guardan, es por poco tiempo. Cuando mi viejo salió lo cortaron en una bronca de la fiesta patronal de su tierra. Los serranos no aguantan pulgas, a mi viejo no lo aguantaron.

No lo extraño porque lo conocí poquito. Dicen que llegaba borracho y le pegaba a mi mamá. Ella es muy valiente; nos crió a todos como mejor pudo y sin robarle a nadie. Las madres solteras de ahora abandonan a sus hijos para estar libres de nuevo.

Como no me gustaba el colegio, me quité para buscar una chamba. Yo ayudaba a los mayoristas del mercado a descargar las frutas de los camiones. Me gustaba descargar volvos de sandía, porque los sandilleros son los únicos que pagan bien, los demás son tacaños. Te hacen trabajar como negro y te dan una propina. Así no conviene; si uno trabaja es porque necesita, no es por amor al oficio. Es chévere chambear porque uno puede comprarse su ropa y comer lo que quiera sin pedirle a nadie. Ahora los vagos se dedican a travesear para el humo o para las chelas.

En esta chamba de ayudante, a uno le pasa de todo. Una vez se llevaron a mi pata “Cucurucho” a Cieneguillo, en Sullana. Fueron a traer un lote se sandías de remate. Llegaron a la parcela y al regreso se les malogró la camioneta. La empujaron a un lado de la pista para ver el problema, pero no arreglaron nada. Cucurucho pasó la noche acostao en las sandías y sólo aguantó allí hasta que el polo que llevaba encima ya no le cubría del frío. Entonces amaneció junto al chofer, arropao con la franela verde que el chofer guarda para limpiar su “Dodge”. Uno pasa hambre y malas noches, pero la chamba es así. ¡caballero nomás!

Con el tiempo aprendí a acomodar la fruta. Aprendí porque los acomodadores ganaban más que todos y no trabajaban mucho. Los chulíos como yo nos sacábamos la mugre y ganábamos poquito. En el verano, cuando el mercado se llena de sandías, los mayoristas te buscan con lupa y, si eres conocido, puedes ganar en un día lo que se gana en una semana. Acá la chamba es como el fútbol: si eres flojo nadie te llama y, si no practicas, te olvidas.

El mercado me ha enseñado muchas cosas. Acá uno aprende lo que no aprendió en el colegio. Yo aprendí a sumar, a multiplicar y a dividir. Con esta chamba no se resta mucho porque eso te paltea. Como la plata no alcanza, solo piensas en sumar.

Creo que tenía diez años cuando me gané la chapa de “Chilindrina”. Un día, jugando una pichanguita con los vagos de mi barrio, me faulearon feo. Hacerle una jugada de lujo al más achorao del otro equipo me costó un codazo que me desgranó la boca. En la calle, si uno no aprende a defenderse te agarran de lorna. Ese fue mi problema cuando recién llegué al mercado.

Cuando se es chibolo, uno hace travesuras que pueden costarle la chamba o un buen susto; pero solo lo haces una vez porque te queda experiencia. En el año 99, cuando recién empecé a chambear de ayudante, le rompí la parabrisa a un carro de esos que van a Lima. Mis compañeros y yo veníamos de Tambogrande a Piura en la caseta de un camión; comiendo, como siempre, las sandías que se golpeaban.

Todo iba bacán hasta que ha Cucurucho se le ocurrió tirar pedacitos de cáscara a los carros que venían en sentido contrario. Me pareció chévere y empecé a tirar yo también. Tiré cáscaras como a diez carros hasta que uno se paró al lado de la pista. Me asuté y al toque imaginé lo que había pasado. Le había quebrado la parabrisa. Entonces nos siguieron hasta el peaje; allí la policía nos esposó a todos.

Llamaron al jefe y a mi vieja porque yo era el más grande del grupo. Ella peleó duro para que no me guardaran y yo le lloré a mi jefe para que no me botara de la chamba. Los ayudantes necesitamos experiencia para saber qué hacer y qué no hacer. Por esa perrada mi vieja me botó de la casa. Desde entonces vivo en el mercado. Acá todos me conocen. Nunca me faltan unos costalillos o unos cartones para dormir.

Si te dan fama de “tranquilo” hasta puedes ser huachimán, ganar clientes y unas cuantas lucas cuidando los puestos de madrugada. A pesar de todo, quiero mucho a mi viejita. La visito de vez en cuando y le llevo algún recurso cuando la cutra es buena.

Ahora hay que tener suerte para encontar chamba en el mercado. Hay mucha competencia. Antes uno ganaba bien y hasta alcanzaba para la apuesta de la pichanga del domingo. Ahora, si uno trabaja en el mercado tiene que aprender a hacer de todo; desde acomodador de sandías, hasta aprender a pelar frijoles y vender refresco. Ahorita chambeo de bodoquero. La plata no chorrea pero al menos gotea para el próximo almuerzo.

Vivir sin hacerlo

Ya casi es mañana y todavía sigo aquí. En el rincón lejano de estas cuatro paredes, tierra y techo. Encojido de piernas, solo yo contra el mundo que amenaza la paz precaria que he logrado robar y que respiro a borbotones. Una mesa desteñida por el asentamiento del polvo ocupa el espacio de mi alrededor. Sus patas están unidas entre sí por largas y ténues telas de araña, tan viejas que ni sus creadoras pueden transitar sobre ellas.

Solo he mirado un grupo de hormigas que escarba su casa justo al lado de mis pies y he pensado en pisarlas hasta hacer que se confundan con la arena de mi sala. No encuentro nada más que hacer. Mis ojos no han parpadeado en horas mirando en la pared de barro una mancha que mirada de perfil forma un rostro perfecto, desconocido, pero perfecto. No me importa quien es, ni cómo se llama, ni que pretende allí, colgada de las miserias de esa pared gastada.

Parece que me sonríe, que mueve los labios de cuando en cuando como para sobrevivir en mi imaginación. La arena suelta y húmeda de la sala se prende de mis pies con uñas y dientes. Camino descalzo para sentir el aliento fresco de este trozo de tierra salvado del imperio del cemento. Deambulo sin rumbo fijo. La mesita vieja, las camas de hualtaco, unas ollas de alumonio, tres platos desastillados, un par de cucharas sucias y dos roedores tímidos se me cruzan en el camino. No hay luz que ilumine la casa, solo una ventana que deja pasar pequeñisimas cantidades de sol en las mañanas.

El tiempo implacable se ha prendido de sus cristales empañando la vista del otro lado. Ni siquiera a través de esos cuerpos, en teoría transparentes, es posible mirar afuera, de dónde llegan sonidos de motores, ladridos, pasos que van y regresan, música incomprensible, voces desesperadas, llantos irreproducibles, risas de un estilo aterrador. Con todo ese torbellino fuera prefiero combatir a pecho abierto con mis propios enjambres, con mis propias protestas mudas, con las mismas frustraciones que cosecho de este arbol seco que se llama vida

Rueda el fierro en olimpiadas

Es sábado a mediodía. Los muchachos de todas las facultades traen sus bicis goliat, bianchi, coyllot, etc,etc. Se suben en ellas y trotan como caballitos ariscos. Algunos no saben como maniobrarlas porque creen que basta con subirse y pedalear. Se caen, frenan precipitadamente y ya casi se arrepienten de haberse metido en una competencia de dónde ya les resulta rochoso salir. Se inscriben con su delegado de deportes, traen gatorade de uva en los portabotellas y a su hermana para que les tome fotos con el celu que acaban de comprar. No tienen ni idea de lo que les espera. Sus shorts casi cubren sus rodillas, con lo cual tendrán el aire embolsado y una derrota cantada. Ellos no traen ni casco de protección y se rien de vernos con licras al cuete y polos de colores chillones.

Además de vestirse como para ir a la playa,traen muy orgullosos sus bicicletas de 200 soles. Pintadas de rojo pasión, amarillo patito o azul eléctrico. La prueba es de pista, pero ellos creen que con ruedas super pesadas de montaña pueden desempeñar un papel decente en una olimpiada con tanta tradición como la de la UDEP.

Termina la competencia pero ellos siguen en la tercera vuelta, sudando como locos y sintiéndose los ciclistas más frustrados,los derrotados, aquellos que creen que lo más importante es participar, aquellos que creen que su derrota es injusta porque los que ganaron tenían mejores bicis, máquinas de aluminio que pesan a penas 2 kilos, ropas especiales, gafas que te protegen hasta de los mosquitos. En una palabra:estaban en desventaja. Y es claro. Estaban en desventaja porque simplemente no son deportistas, porque se enteraron d ela competencia el día anterior, limpiaron su bicicleta arrumada bajo la escalera y compitieron con 15 kilitos de más. Servido y provecho.